todos los hijos de la patria debían abrigar.
—Nosotros a los franceses no les hacemos ningún daño —dijo Tíkhon, evidentemente asustado por las palabras de Denísov—. ¡Solo anduvimos bromeando con los muchachos por diversión, sabe! Matamos a una veintena de «saqueadores», pero ningún otro daño...
Al día siguiente, cuando Denísov hubo marchado de Pokróvsk, habiéndose olvidado por completo de este campesino, le informaron que Tíkhon se había unido a la partida de ellos y pedía que se le permitiera quedarse. Denísov dio orden de que así se hiciera.
Tíkhon, que al principio hacía los trabajos más duros, encender hogueras, acarrear agua, desollar caballos muertos y demás, pronto mostró una gran afición y aptitud para la guerra de guerrillas.
Por la noche salía en busca de botín y siempre traía ropa y armas franceses, y cuando se lo mandaban traía también prisioneros franceses.
Denísov lo relevó entonces de las tareas pesadas y comenzó a llevarlo consigo cuando salía de expedición y lo inscribió entre los cosacos.
Tíkhon no sabía montar a caballo y siempre iba a pie, sin quedarse nunca atrás de la caballería. Iba armado con un trabuco (que llevaba más bien como una broma), una pica y un hacha; esta última la usaba como un lobo sus dientes, con igual facilidad para sacarse las pulgas del pelaje que para triturar huesos gruesos. Con la misma precisión, Tíkhon partía troncos con golpes a brazo partido o, sujetando la cabeza del hacha, cortaba pequeñas y delgadas estacas o tallaba cucharas. En el grupo de Denísov ocupaba una posición peculiar y excepcional. Cuando había que hacer algo especialmente difícil o desagradable —empujar un carro fuera del lodo con los hombros, sacar un