que al pasar cerca del agua daban ganas de bañarse.
El príncipe Andréi, abatido y preocupado por el asunto del que tenía que hablar con el mariscal de la nobleza, avanzaba en su carruaje por la avenida del parque de la finca de los Rostov en Otrádnoe.
Oyó alegres gritos de muchacha detrás de unos árboles a la derecha y vio a un grupo de chicas que corrían para cruzarse en el camino de su calesa.
Liderando al resto y más cerca de él corría una muchacha morena, extraordinariamente esbelta y bonita, con un vestido de zaraza amarilla y un pañuelo blanco en la cabeza del que escapaban unos mechones de cabello suelto. La muchacha iba gritando algo pero, al ver que él era un extraño, retrocedió corriendo y riendo sin mirarlo.
De repente, no sabía por qué, sintió una punzada. El