féroce de Rostopchíne»* y la barbarie de los franceses no tenían la culpa del asunto. Moscú prendió fuego por las pipas, las cocinas y las hogueras de los soldados, y por la negligencia de los soldados enemigos que ocupaban casas que no eran suyas. Incluso si hubo algún acto provocado (lo cual es muy dudoso, ya que nadie tenía motivos para quemar las casas, algo en cualquier caso molesto y peligroso), la intencionalidad no puede considerarse la causa, pues lo mismo habría ocurrido sin ningún incendio provocado.
Por muy tentador que pudiera ser para los franceses culpar a la ferocidad de Rostopchín y para los rusos culpar al canalla de Bonaparte, o más tarde colocar una antorcha heroica en las manos de su propio pueblo, es imposible no ver que no pudo haber una causa tan directa del incendio, pues Moscú tenía que arder como debe arder cualquier aldea, fábrica o casa que sus dueños abandonan y en la cual se permite que extraños vivan y cocinen sus gachas.
Moscú fue quemada por sus habitantes, es verdad, pero por aquellos que la habían abandonado y no por los que se quedaron en ella. Moscú, cuando fue ocupada por el enemigo, no permaneció intacta como Berlín, Viena y otras ciudades, sencillamente porque sus habitantes la abandonaron y no recibieron a los franceses con pan y sal, ni les llevaron las llaves de la ciudad.
XXVII
La absorción de los franceses por Moscú, extendiéndose como los rayos de una estrella, solo alcanzó el barrio donde se alojaba Bezújov hacia la atardecida del dos de septiembre.
Después de los últimos dos días pasados en la soledad y en circunstancias inusitadas, Pierre se encontraba