en usted, querida —dijo Ana Pávlovna, también en voz baja—. Escríbale y hágame saber cómo ve su padre el asunto. ¡Au revoir! —, y salió del salón.
El príncipe Hipólito se acercó a la pequeña princesa y, acercando mucho su rostro al de ella, comenzó a susurrarle algo.
Dos lacayos, el de la princesa y el suyo propio, estaban de pie sosteniendo un chal y una capa, esperando a que terminara la conversación. Escuchaban las frases en francés, que para ellos carecían de sentido, con un aire de comprenderlas pero sin desear aparentar que lo hacían. La princesa, como de costumbre, hablaba sonriendo y escuchaba con una carcajada.
—Me alegro mucho de no haber ido a casa del embajador —dijo el príncipe Hipólito—; ¡qué aburrimiento! Ha sido una velada encantadora, ¿verdad? ¡Encantadora!
—Dicen que el baile