del brazo a Nesvítski, se alejó de Zherkóv, que no sabía qué decir.
—Vamos, ¿qué te pasa, viejo? —dijo Nesvitski, intentando calmarlo.
—¿Qué pasa? —exclamó el príncipe Andréi deteniéndose, agitado—. ¿No comprende usted que o somos oficiales que servimos a nuestro zar y a nuestra patria, regocijándonos con los éxitos y afligiéndonos por las desgracias de nuestra causa común, o no somos más que lacayos a los que no les importa en absoluto el negocio de su amo? Quarante mille hommes massacrés et l’armée de nos alliés détruite, et vous trouvez là le mot pour rire, —dijo, como si reforzara sus opiniones con esta frase en francés—. C’est bien pour un garçon de rien comme cet individu dont vous avez fait un ami, mais pas pour vous, pas pour vous. Solo un mequetrefe podría divertirse de este modo —añadió en ruso, pero pronunciando la palabra con acento francés, al advertir que Zherkóv aún podía oírlo.
Esperó un momento para ver si el cornetín respondía, pero dio media vuelta y salió del pasillo.
IV
Los húsares de Pávlograd estaban apostados a dos millas de Braunau. El escuadrón en el que Nikolái Rostóv servía como cadete estaba acuartelado en la aldea alemana de Salzeneck.
Los mejores alojamientos de la aldea fueron asignados al capitán de caballería Denísov, el comandante del escuadrón, conocido en toda la división de caballería como Vaska Denísov.
El cadete Rostóv, desde que había alcanzado al regimiento en Polonia, vivía con el comandante del escuadrón.
El 11 de octubre, día en que todo el cuartel general bullía de actividad por la noticia de la derrota de