de castor salió a su encuentro a caballo sobre un hermoso corcel negro como el azabache, acompañado por dos criados de caza.
En vez de un enemigo, Nikoláy halló en Ilágin a un caballero distinguido y cortés que estaba especialmente deseoso de hacer amistad con el joven conde.
Al acercarse a Nikoláy, Ilágin se levantó la gorra de castor y dijo que sentía mucho lo ocurrido y que castigaría al hombre que se había permitido capturar una zorra cazada por los lebreles de otro.
Esperaba llegar a conocer mejor al conde y lo invitó a batir su soto.
Natásha, temiendo que su hermano cometiera alguna barbaridad, lo había seguido algo agitada. Al ver que los enemigos intercambiaban saludos amistosos, se acercó a ellos. Ilágin se levantó aún más el gorro de castor ante Natásha y le dijo, con una sonrisa agradable, que la joven condesa se parecía a Diana tanto por su pasión por la caza como por su hermosura, de la cual había oído hablar mucho.
Para expiar la ofensa de su montero, Ilagín invitó a los Rostov a un coto suyo situado a una milla de distancia, que solía reservarse para él y que, según decía, bullía de liebres. Nikolái aceptó, y la partida de caza, ahora duplicada, se puso en marcha.
El camino hacia las tierras altas de Iliguin cruzaba los campos. Los monteros se alinearon. Los dueños marchaban juntos.
«Tío», Rostóv e Iliguin se miraban de reojo con disimulo, procurando que sus compañeros no los vieran y buscando con inquietud rivales para sus propios bórzois.
A Rostóv le llamó particularmente la atención la belleza de una perrita pequeña, de Pura Raza, con manchas rojas, que iba en la