del ejército ruso.
El príncipe Andréy llegó al cuartel general de Bennigsen, una casa solariega de tamaño moderado, situada a la misma orilla del río. Ni Bennigsen ni el emperador se encontraban allí, pero Chernýshev, el edecán del emperador, recibió a Bolkónski y le informó de que el emperador, acompañado por el general Bennigsen y el marqués Paulucci, había ido por segunda vez ese día a inspeccionar las fortificaciones del campamento de Drissa, sobre cuya idoneidad empezaban a albergarse serias dudas.
Chernýshev estaba sentado junto a una ventana en la primera habitación con una novela francesa en la mano. Esta estancia probablemente había sido un salón de música; aún quedaba en ella un órgano sobre el cual se amontonaban unas alfombras, y en un rincón se encontraba la cama plegable del edecán de Bennigsen. Este edecán también estaba allí y se sentaba a dar cabezadas sobre la ropa de cama enrollada, evidentemente agotado por el trabajo o por los festejos. Dos puertas salían de la habitación, una al frente hacia lo que había sido la sala de recibo, y otra, a la derecha, hacia el estudio. A través de la primera puerta llegaba el sonido de voces conversando en alemán y ocasionalmente en francés. En aquella sala de recibo se habían reunido, por deseo del Emperador, no un consejo militar (el Emperador prefería la indefinición), sino ciertas personas cuyas opiniones deseaba conocer en vista de las dificultades inminentes. No era un consejo de guerra, sino, por decirlo así, un consejo para dilucidar ciertas cuestiones para el Emperador en persona. A este semiconsejo habían sido invitados el general sueco Armfeldt, el ayudante general Wolzogen, Wintzingerode (a quien Napoleón había llamado súbdito francés renegado), Michaud, Toll, el conde Stein, que no era militar en