su empresa tuviera éxito. No pudo resistir la tentación de mirarlas una vez más. Creyendo que su peligro había pasado, saltaron de su emboscada y, gorjeando algo con sus vocecillas agudas y alzando los faldas, sus piececitos desnudos y bronceados corrieron alegre y velozmente por la hierba del prado.
El príncipe Andréy se sentía algo despejado tras haberse apartado al trote del polvoriento camino real por el que avanzaban las tropas. Pero no lejos de Calvas Colinas volvió a salir a la carretera y dio alcance a su regimiento en su lugar de alto, junto a la presa de un pequeño estanque.
Pasaba la una. El sol, convertido en una bola roja a través del polvo, quemaba y abrasaba su espalda de forma insoportable a través del capote negro. El polvo permanecía siempre inmóvil sobre el murmullo de conversaciones procedente de las tropas en descanso. No había viento.
Al cruzar la presa, el príncipe Andréy percibió el olor a cieno y frescura del estanque. Deseó meterse en aquella agua, por muy sucia que estuviera, y miró de reojo la charca de donde provenían gritos y risas.
El pequeño estanque, turbio y verdoso, había subido visiblemente más de un pie, anegando la presa, porque estaba lleno de los cuerpos blancos y desnudos de los soldados —con las manos, el cuello y la cara de color rojo ladrillo—, que chapoteaban en él. Toda aquella carne humana, blanca y desnuda, que reía y gritaba, se agitaba en aquella charca sucia como carpas atestadas en una regadera, y la nota de alegría en aquella masa forcejeante la hacía especialmente patética.
Uno de los soldados rubios de la tercera compañía, al que el príncipe Andrey conocía