grave que, para fortuna suya y de sus padres, la consideración de todo lo que la había causado, su conducta y la ruptura de su compromiso, pasó a un segundo plano. Estaba tan enferma que les era imposible juzgar hasta qué punto era culpable de lo sucedido. No podía comer ni dormir, adelgazaba visiblemente, tosía y, según le hacían temer los médicos, corría peligro. No podían pensar en otra cosa que en cómo ayudarla. Los médicos la visitaban solos o en consulta, hablaban mucho en francés, alemán y latín, se culpaban unos a otros y recetaban una gran variedad de medicamentos para todas las enfermedades conocidas por ellos, pero a ninguno se le ocurrió jamás la sencilla idea de que no podían conocer la enfermedad que padecía Natasha, ya que ninguna enfermedad de un hombre vivo puede conocerse, pues cada persona viva tiene sus propias peculiaridades y siempre posee una enfermedad propia, personal, novedosa y complicada, desconocida para la medicina; no una enfermedad de los pulmones, el hígado, la piel, el corazón, los nervios, etcétera, mencionada en los libros médicos, sino una enfermedad que consiste en una de las innumerables combinaciones de los padecimientos de dichos órganos. Este sencillo pensamiento no podía ocurrírseles a los médicos (como no puede ocurrírsele a un hechicero que es incapaz de obrar sus encantamientos) porque el oficio de sus vidas era curar, recibían dinero por ello y habían dedicado los mejores años de sus vidas a esa ocupación. Pero, sobre todo, ese pensamiento se mantenía alejado de sus mentes por el hecho de que veían que eran realmente útiles, como de hecho lo eran para toda la familia Rostóv. Su utilidad no dependía de hacer que la paciente tragara sustancias en su mayoría nocivas (el daño
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