hermana.
—¿No recibió mi carta? —preguntó, y sin esperar una respuesta —que no habría obtenido, pues la princesa era incapaz de hablar—, dio media vuelta, volvió a subir rápidamente las escalera junto con el médico que había entrado al vestíbulo detrás de él (se habían encontrado en la última estación de postas), y volvió a abrazar a su hermana.
“¡Qué extraño destino, mi querida Másha!”
Y habiéndose quitado la capa y las botas de fieltro, se fue al apartamento de la princesita.
IX
La pequeña princesita yacía incorporada sobre almohadas, con una cofia blanca en la cabeza (los dolores acababan de pasar). Unos mechones de su cabello negro rodeaban sus mejillas inflamadas y sudorosas, su encantadora boca rosada, con el labio cubierto de vello, estaba abierta y sonreía alegremente. El príncipe Andréi entró y se detuvo