filosofía. En esas reuniones sus sensaciones eran parecidas a las de un ilusionista que espera siempre que descubran su truco en cualquier momento. Pero ya fuera porque la tontería era justo lo necesario para dirigir semejante salón, o porque quienes se dejaban engañar hallaban placer en el engaño, el caso es que este seguía sin desenmascararse y la reputación de Elena Vasílievna Bezúkhova como mujer encantadora e ingeniosa se consolidó de tal modo que podía decir las cosas más vacías y necias, y todo el mundo se extasiaba ante cada una de sus palabras y buscaba en ellas un sentido profundo del que ella misma no tenía la menor idea.
Pierre era exactamente el marido que necesitaba una brillante mujer mundana. Era ese excéntrico distraído, un marido grand seigneur que no estorbaba a nadie y que, lejos de estropear el tono distinguido y la impresión general del salón, servía, por el contraste que ofrecía, como un fondo ventajoso para su elegante y discreta esposa. Pierre, en los últimos dos años, como resultado de su continua absorción en intereses abstractos y su sincero desprecio por todo lo demás, había adquirido en el círculo de su esposa —que no le interesaba— ese aire de despreocupación, indiferencia y benevolencia hacia todos que no puede adquirirse artificialmente y que, por tanto, inspira un respeto involuntario. Entraba en el salón de su esposa como quien entra en un teatro, conocía a todo el mundo, le alegraba por igual ver a cada uno y le eran todos igualmente indiferentes. A veces se unía a una conversación que le interesaba y, sin importarle que hubiera o no algún «señor de la embajada» presente, expresaba ceceando sus opiniones, que a veces