se oía por todas partes. La condesa se levantó y se fue al salón de
—¿Márya Dmítrievna? —llegó su voz desde allí.
—Ella misma —respondió una voz ronca, y María Dmítrievna entró en la habitación.
Todas las señorteras y aun las casadas, salvo las más ancianas, se levantaron.
Márya Dmítrievna se detuvo en la puerta. Alta y corpulenta, erguida la cabeza de cincuenta años con rizos grises, se quedó contemplando a los invitados y se acomodó pausadamente las anchas mangas, como si fuera a remangárselas.
Márya Dmítrievna siempre hablaba en ruso.
—Salud y felicidad para aquella cuyo santo celebramos y para sus hijos —dijo con su voz alta y vibrante que ahogaba a todas las demás. > —Bueno, viejo pecador —continuó, volviéndose hacia el conde, que le besaba la mano—, supongo que te aburrirás en Moscú,