con su padre, que había regresado con malas noticias.
—¡Nos hemos quedado demasiado tiempo! —dijo el conde con involuntaria vexación—. El Club está cerrado y la policía se va.
—Papá, ¿te importa... he invitado a algunos de los heridos a la casa? —dijo Natásha.
“Desde luego que sí —respondió ausente—. Esa no es la cuestión. Te ruego que no te entretengas en naderías ahora, sino que ayudes a hacer las maletas, ¡y mañana debemos irnos, irnos, irnos! …”.
Y el conde dio una orden similar al mayordomo y a los sirvientes.
A la hora de cenar, Pétya, tras haber vuelto a casa, les contó las noticias que había oído. Dijo que la gente se había estado armando en el Kremlin y que, aunque el bando de Rostopchín había dicho que tocaría a rebato con dos o tres días de anticipación, la orden ya se había dado sin duda para que todos fueran armados mañana a las Tres Colinas, y que allí habría una gran batalla.
La condesa miró con tímido horror el rostro anhelante y emocionado de su hijo mientras este decía aquello. Comprendió que si decía una sola palabra sobre la posibilidad de que él no fuera a la batalla (sabía que disfrutaba con la idea del inminente combate), él diría algo sobre los hombres, el honor y la patria—algo insensato, masculino y obstinado que no admitiría réplica—, y sus planes se arruinarían; así que, con la esperanza de apañárselas para marchar antes y llevarse a Pétya con ella en calidad de protector y defensor, no le respondió, sino que después de cenar llamó al conde a solas y le suplicó entre lágrimas que la sacara de allí de inmediato,