vieja Mávra Kuzmínichna, había salido de la multitud junto al aojo, se había acercado a un carro con una capota hecha de esteras de líber y estaba hablando con un joven oficial pálido que yacía dentro. Natásha dio unos pasos hacia adelante y se detuvo tímidamente, todavía con el pañuelo en la mano, y escuchó lo que decía el ama de llaves.
—¿Entonces no tiene a nadie en Moscú? —decía ella—. Estaría más cómodo en alguna parte, en una casa… en la nuestra, por ejemplo… la familia se va.
—No sé si estaría permitido —respondió el oficial con voz débil—. Aquí está nuestro comandante… pídasejo a él —y señaló a un comandante regordete que caminaba de regreso por la calle, pasando junto a la fila de carretas.
Natásha miró con ojos asustados el rostro del oficial herido y de inmediato fue