Una felicidad que se halla más allá de las fuerzas materiales, fuera de las influencias materiales que actúan sobre el hombre; una felicidad del alma sola, la felicidad de amar. Todo hombre puede comprenderla, pero concebirla y mandarla solo le era posible a Dios. ¿Pero cómo mandó Dios esa ley? ¿Y por qué el
Y de pronto el curso de estos pensamientos se interrumpió, y el príncipe Andréi oyó (sin saber si era una ilusión o la realidad) una voz susurrante y suave que repetía incesantemente y con ritmo: «piti-piti-piti», y luego «titi», y otra vez «piti-piti-piti», y de nuevo «titi». Al mismo tiempo sintió que sobre su rostro, justo en el medio, se estaba erigiendo una extraña estructura aérea hecha de agujas finas o astillas, al compás de aquella música susurrada. Sintió que tenía que guardar cuidadosamente el equilibrio (aunque era difícil) para que dicha estructura aérea no se derrumbara; pero, a pesar de todo, esta se derrumbaba una y otra vez para alzarse de nuevo lentamente al son de la música rítmica y susurrada: «se estira, se estira, desplegándose y estirándose», se decía a sí mismo el príncipe Andréi. Mientras escuchaba este murmullo y experimentaba la sensación de ese estiramiento y de la construcción de semejante edificio de agujas, veía también a intervalos un halo rojo alrededor de la vela, y escuchaba el crujido de las cucarachas y el zumbido de la mosca que caía pesadamente contra su almohada y su rostro. Cada vez que la mosca le rozaba la cara le producía una sensación de quemazón y, sin embargo, para su sorpresa, no destruía la estructura, a pesar de chocar contra la misma región del rostro donde esta