casa de Apolón Nikoláevich para ponerse al día de los chismes de la
—Elèna Vasílievna, a quien jamás le ha importado nada más que su propio cuerpo y que es una de las mujeres más estúpidas del mundo —pensaba Pierre—, es considerada por la gente como el sumun de la inteligencia y la refinación, y le rinden pleitesía. Napoleón Bonaparte fue despreciado por todos mientras fue grande, pero ahora que se ha convertido en un miserable comediante, el emperador Francisco quiere ofrecerle a su hija en matrimonio ilegítimo. Los españoles, por medio del clero católico, alaban a Dios por su victoria sobre los franceses el catorce de junio, y los franceses, también por medio del clero católico, alaban a Dios porque ese mismo catorce de junio derrotaron a los españoles. Mis hermanos masones juran por su sangre que están listos para sacrificarlo todo por su prójimo, pero no dan ni un rublo cada uno para las colectas destinadas a los pobres, y traman intrigas —la logia Astrea contra los Buscadores de Maná—, y arman alboroto por una auténtica alfombra escocesa y una carta constitutiva que nadie necesita, y cuyo significado ni siquiera comprende el hombre que la redactó. Todos profesamos la ley cristiana del perdón de las ofensas y el amor al prójimo, ley en cuyo honor hemos construido en Moscú cuarenta veces cuarenta iglesias; sin embargo, ayer un desertor fue azotado hasta la muerte y un ministro de esa misma ley de amor y perdón, un sacerdote, hizo que el soldado besara una cruz antes de su ejecución. Así pensaba Pierre, y todo aquel engaño general que todos aceptan —acostumbrados como estaban a él—