deseaba tanto verter su propio saber de forma rápida y fácil en el niño —que ya temía que la tía pudiera enfadarse en cualquier momento— que, ante la más mínima distracción de este, temblaba, se ponía nerviosa y acalorada, alzaba la voz y, a veces, lo agarraba del brazo y lo metía en el rincón. Tras haberlo metido en el rincón, ella misma rompía a llorar por su naturaleza cruel y malvada, y Nikolushka, siguiendo su ejemplo, sollozaba y, sin permiso, salía del rincón, se acercaba a ella, le apartaba las manos húmedas de la cara y la consolaba. Pero lo que más afligía a la princesa era la irritabilidad de su padre, que siempre iba dirigida contra ella y que últimamente había rayado en la crueldad. Si la hubiera obligado a postrarse en el suelo toda la noche, si la hubiera golpeado o le hubiera hecho acarrear leña o agua, nunca se le habría pasado por la cabeza la idea de que su posición era dura; mas aquel déspota cariñoso —más cruel por cuanto la amaba y, debido a eso, se atormentaba a sí mismo y a ella— sabía no solo cómo herirla y humillarla deliberadamente, sino también cómo demostrarle que ella era siempre la culpable de todo. Últimamente él había mostrado un nuevo rasgo que atormentaba a la princesa María más que cualquier otra cosa: era su cada vez mayor intimidad con Mademoiselle Bourienne. La idea que se le había ocurrido a modo de broma en el primer momento de recibir la noticia de las intenciones de su hijo —que si Andréi se casaba, él mismo se casaría con Bourienne—, le había gustado
Table of Contents
Parte V
1204