se asomó a la puerta y le pareció que sus murmullos eran más fuertes que de costumbre y que lo movían con mayor frecuencia. No pudo dormir y en varias ocasiones se acercó a la puerta y escuchó, con deseos de entrar pero sin decidirse a hacerlo. Aunque él no hablaba, la princesa María veía y sabía cuán desagradable le resultaba toda muestra de inquietud por su parte. Había notado con qué desagrado se apartaba de la mirada que ella, a veces de manera involuntaria, clavaba en él. Sabía que su entrada durante la noche a una hora inusual lo irritaría.
Pero nunca se habías sentido tan afligida por él ni con tanto miedo de perderlo. Recordaba toda su vida con él y en cada palabra y acto suyos hallaba una expresión de su amor por ella.
De vez en cuando, entre estos recuerdos, tentaciones del demonio asaltaban su imaginación: pensamientos sobre cómo serían las cosas después de su muerte, y cómo se organizaría su nueva vida, ya liberada. Pero ella alejaba estos pensamientos con disgusto.
Hacia la mañana él se calmó y ella se durmió.
Se despertó tarde.
Esa sinceridad que suele acompañar al despertar le mostró con claridad qué era lo que más le preocupaba de la enfermedad de su padre. Al despertar escuchó lo que pasaba tras la puerta y, al oírlo gemir, se dijo con un suspiro que todo seguía igual.
—¿Pero qué pudo haber pasado? ¿Qué era lo que quería? ¡Quiero su muerte! —gritó con un sentimiento de repugnancia hacia sí misma.
Se lavó, se vistió, rezó sus oraciones y salió al porche. Delante de él había carruajes sin caballos y se estaban cargando cosas en los