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nydus/War and PeacePublic
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1812

que fuera. De todos los presentes, evidentemente él era el único que no buscaba nada para sí mismo, que no abrigaba odio contra nadie y que solo deseaba que el plan, concebido a partir de una teoría fruto de años de trabajo, fuera llevado a cabo. Era ridículo y desagradablemente sarcástico, pero aun así inspiraba un respeto involuntario por su devoción sin límites a una idea. Además de esto, las observaciones de todos, excepto las de Pfuel, tenían un rasgo común que no se había notado en el consejo de guerra de 1805: ahora existía un pánico cerval ante el genio de Napoleón que, aunque oculto, se advertía en cada réplica. Se daba por sentado que todo era posible para Napoleón, se le esperaba por todas partes y se invocaba su terrible nombre para echar por tierra las propuestas ajenas. Pfuel parecía ser el único que consideraba a Napoleón un bárbaro más, al igual que a todos los que se oponían a su teoría. Pero además de este sentimiento de respeto, Pfuel despertaba lástima en el príncipe Andréy. Por el tono con el que los cortesanos se dirigían a él y la forma en que Paulucci se había permitido hablarle al Emperador, pero sobre todo por cierta desesperación en las propias expresiones de Pfuel, era evidente que los demás sabían, y el propio Pfuel sentía, que su caída era inminente. Y a pesar de su seguridad en sí mismo y de su malhumorado sarcasmo alemán, daba grima verle, con el pelo cuidadosamente peinado sobre las sienes y erizado en mechones por la nuca. Aunque lo ocultaba bajo una fachada de irritación y desprecio, era evidente que estaba desesperado ante el hecho de que se le escapaba la única oportunidad que le quedaba

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