el miedo o la vanidad, se regocijaban o se indignaban, razonaban imaginando que sabían lo que hacían y lo hacían por su propia voluntad, pero todos ellos eran instrumentos involuntarios de la historia, que llevaban a cabo una obra oculta para ellos pero comprensible para nosotros. Tal es el destino inevitable de los hombres de acción, y cuanto más alto se hallan en la jerarquía social, menos libres son.
Los actores de 1812 han abandonado el escenario hace ya mucho tiempo, sus intereses personales se han desvanecido sin dejar rastro y no queda nada de aquel tiempo salvo sus resultados históricos.
La Providencia obligó a todos estos hombres, que se esforzaban por alcanzar objetivos personales, a contribuir a la realización de un resultado estupefaciente que ninguno de ellos esperaba en absoluto: ni Napoleón, ni Alejandro, y mucho menos aún cualquiera de