cuál era el más manso, se trepó a él, lo agarró por las crines y, abriendo las puntas de los pies, le apretó los ijares con los talones y, sintiendo que se le caían los anteojos pero sin poder soltar las crines ni las riendas, galopó tras el general, provocando las sonrisas de los oficiales de plana mayor que lo observaban desde el montecillo.
XXXI
Habiendo descendido la colina, el general tras el cual galopaba Pierre giró bruscamente a la izquierda y Pierre, perdídole de vista, galopó entre unas filas de infantería que marchaban delante de él.
Intentó pasar ya fuera por delante de ellas, o a la derecha, o a la izquierda, pero había soldados por todas partes, todos con la misma expresión preocupados y ocupados en alguna tarea invisible pero evidentemente importante.
Todos miraban con la misma expresión de insatisfacción y recelo a aquel hombre regordete de sombrero blanco que, por razones desconocidas, amenazaba con pisotearlos bajo los casco de su caballo.
—¿Por qué se metió en medio del batallón? —le gritó uno de ellos.
Otro aguijoneó a su caballo con la culata de un mosquete, y Pierre, inclinándose sobre el arzón y apenas capaz de dominar a su caballo asustado, galopó por delante de los soldados hacia un espacio libre.
A poca distancia tenía un puente, donde otros soldados disparaban. Pierre se acercó a ellos al trote. Sin darse cuenta, había llegado al puente sobre el Kolochá, entre Górki y Borodinó, que los franceses (tras haber ocupado Borodinó) estaban atacando en la primera fase de la batalla. Pierre vio que había un puente ante él y que los soldados hacían algo a ambos lados de este y en el