ya, seguían infundiendo terror, y a todo esto se sumaban el aire fétido y el polvo.
Habiendo recorrido un par de millas por la carretera de Mozháysk, Pierre se sentó a la orilla del camino.
La noche había caído, y el rugido de los cañones se había apagado. Pierre estuvo un buen rato recostado sobre un codo, contemplando las sombras que se movían junto a él en la oscuridad. Constantemente se imaginaba que una bala de cañón volaba hacia él con un silbido aterrador, y entonces se estremecía y se incorporaba. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba allí.
A mitad de la noche, tres soldados, tras traer un poco de leña, se instalaron cerca de él y comenzaron a encender una fogata.
Los soldados, que lanzaban miradas de soslayo a Pierre, hicieron arder el fuego y colocaron sobre él una