conocían, una expresión pensativa y triste. Esta expresión en la princesa María no las asustaba (ella jamás inspiraba miedo a nadie), pero sabían que, cuando aparecía en su rostro, ella enmudecía y era imposible hacerla cambiar de determinación.
—Lo cambiarás, ¿verdad? —dijo Liza. Y como la princesa Márya no respondió, salió de la habitación.
La princesa María se quedó sola. No complació el ruego de Liza; no solo se dejó el cabello tal como lo tenía, sino que ni siquiera se miró en el espejo. Dejando caer los brazos sin fuerzas, se sentó con los ojos bajados y se quedó pensativa.
Un marido, un hombre, un ser fuerte, dominante y extrañamente atractivo se alzó en su imaginación y la transportó a un mundo feliz totalmente distinto, propio de él.
Imaginó un hijo, suyo —como el que había visto el día antes en brazos de la hija de su nodriza— en su propio pecho, y al marido de pie, mirándola con ternura a ella y al niño.
«Pero no, es imposible, soy demasiado fea», pensó.
—Por favor, pasa a tomar el té. El príncipe saldrá en un momento —resonó la voz de la doncella en la puerta.
Se estremeció y sintió horror de lo que había estado pensando, y antes de bajar fue a la habitación donde colgaban los iconos y, con los ojos fijos en el oscuro rostro de un gran icono del Salvador iluminado por una lamparilla, permaneció ante él con las manos cruzadas unos instantes. Una dolorosa duda le llenaba el alma. ¿Podría ser para ella la alegría del amor, del amor terrenal por un hombre? En sus pensamientos sobre el matrimonio, la princesa María soñaba con la felicidad y