inofensivamente en sociedad parece menos culpable, y su acción más atribuible a la ley de la inevitabilidad, para alguien que contempla su acto transcurridas dos décadas que para quien lo examinaba el día después de ser cometido. Y del mismo modo, cada acción de un loco, de un embriagado o de un hombre en estado de intensa excitación parece menos libre y más inevitable para quien conoce la condición mental de quien la cometió, y parece más libre y menos inevitable para quien la desconoce. En todos estos casos, la concepción de la libertad aumenta o disminuye, y la concepción de la coacción disminuye o aumenta correspondientemente, según el punto de vista desde el cual se considere la acción. De modo que cuanto mayor es la concepción de la necesidad, menor es la concepción de la libertad, y viceversa.
La religión, el sentido común de la humanidad, la ciencia de la jurisprudencia y la historia misma entienden de igual manera esta relación entre la necesidad y la libertad.
Todos los casos sin excepción en los que nuestra concepción de la libertad y de la necesidad aumenta y disminuye dependen de tres consideraciones:
(1) La relación con el mundo exterior del hombre que comete los actos.
(2) Su relación con el tiempo.
(3) Su relación con las causas que motivaron la acción.
La primera consideración es la claridad de nuestra percepción de la relación del hombre con el mundo exterior y la mayor o menor claridad de nuestra comprensión de la posición definida que ocupa el hombre en relación con todo lo que coexiste con él. Esto es lo que hace evidente que un hombre que se ahoga es menos libre y está más sujeto a la necesidad que uno que