moda le llegaba hasta los mismos talones, y, tropezando con ella, salió corriendo al porche detrás de la princesa, a quien un lacayo estaba ayudando a subir al carruaje.
—Princesse, au revoir —gritó él, tropezando tanto con la lengua como con los pies.
La princesa, levantándose el vestido, iba a ocupar su asiento en el oscuro carruaje, su esposo se estaba acomodando el sable; el príncipe Hipólito, con el pretexto de ayudar, estorbaba a todo el mundo.
—Permítame, señor —dijo el príncipe Andréi en ruso, con un tono frío y desagradable, al príncipe Hipólito, que le bloqueaba el paso.
—Te estoy esperando, Pierre —dijo la misma voz, pero con suavidad y afecto.
El postillón arrancó, las ruedas del coche traquetearon. El príncipe Hipólito rió de un modo espasmódico mientras estaba de pie en el pórtico esperando