de descomposición; y como los lobos se mantenían alejados por los hombres que pasaban, el perro podía comer todo lo que quería.
Llovía desde por la mañana y parecía como si en cualquier momento fuera a cesar y el cielo a despejarse, pero tras una breve tregua comenzó a llover con más fuerza que antes. El camino saturado ya no absorbía el agua, que corría por las roderas en arroyos.
Pierre caminaba mirando a uno y otro lado, contando sus pasos de tres en tres y llevándoles la cuenta con los dedos. Dirigiéndose mentalmente a la lluvia, repetía:
«¡Venga ya, venga ya, anda! ¡Llueve con más fuerza!»
Le parecía que no estaba pensando en nada, pero muy al fondo y en lo más hondo de su alma estaba ocupado con algo importante y reconfortante. Ese algo era una deducción espiritual sutilísima extraída de una conversación con Karatáev el día anterior.
En su campamento del día anterior, sintiendo frío junto a una hoguera moribunda, Pierre se había levantado y se había ido a la siguiente, que ardiendo mejor. Allí estaba sentado Platón Karatáev, cubierto —hasta la cabeza— con su capote como si fuera una casulla, contando a los soldados con su voz eficaz y agradable, aunque ahora débil, un cuento que Pierre ya conocía. Era ya pasada la medianoche, la hora en que Karatáev solía verse libre de su fiebre y mostrarse especialmente animado. Cuando Pierre llegó al fuego y oyó la voz de Platón, debilitada por la enfermedad, y vio su rostro patético iluminado vivamente por la llamarada, sintió un doloroso pinchazo en el corazón. Su sentimiento de compasión por aquel hombre lo asustó y deseó marcharse, pero no