está del todo listo para su nuevo papel.
No tenía ningún plan, le temía a todo, pero las fiestas lo arrebataban y exigían su participación.
Él solo—con su ideal de gloria y grandeza desarrollado en Italia y Egipto, su demencial autoalabanza, su osadía en el crimen y su franqueza al mentir—, él solo podía justificar lo que había que hacer.
Se le necesita para el lugar que le aguarda, y así, casi al margen de su voluntad y a pesar de su indecisión, de su falta de planes y de todos sus errores, se ve arrastrado a una conspiración cuyo objetivo es la toma del poder y la conspiración se corona con el éxito.
Es empujado a una reunión de la legislatura. Alarmado, desea huir, considerándose perdido. Simula desmayarse y dice cosas absurdas que tendrían que haberlo arruinado. Pero los antaño orgullosos y astutos gobernantes de Francia, sintiendo que su papel ha terminado, están aún más desconcertados que él y no pronuncian las palabras que debieran haber dicho para destruirlo y retener su poder.
El azar, millones de azares, le otorgan el poder, y todos los hombres, como por acuerdo, cooperan para confirmar ese poder. El azar forja el carácter de los gobernantes de Francia, que se someten a él; el azar forja el carácter de Pablo I de Rusia, que reconoce su gobierno; el azar urde una conjura contra él que no solo no logra perjudicarlo, sino que confirma su poder. El azar pone al duque de Enghien en sus manos y hace de manera inesperada que lo mate, convenciendo así a la multitud con más fuerza que de ninguna otra manera de que él tenía el derecho, puesto que tenía la fuerza. El azar dispone