dijo que prepararan un samovár, aunque no era en absoluto la hora del té.
Fóka, el mayordomo, era la persona de peor genio de toda la casa. A Natásha le gustaba poner a prueba su poder sobre él. Él desconfiaba de la orden y preguntaba si de verdad se necesitaba el samovar.
—¡Válgame Dios, vaya una señorita! —dijo Fóka, fingiendo fruncir el ceño a Natásha.
Nadie en la casa mandaba a la gente de aquí para allá ni les daba tantos quebraderos de cabeza como Natásha. No podía ver a los criados con indiferencia, sino que tenía que enviarles a algún recado. Parecía estar probando si alguno de ellos se enfadaba o se ponía chúcaro con ella; pero los siervos no cumplían las órdenes de nadie con tanta presteza como las de ella. > «¿Qué puedo hacer, a dónde puedo ir?»,