bondadosa a su abrigo y a sus botas—, mis cosas están gastadas y no tengo dinero, así que iba a pedirle al conde…
Mávra Kuzmínichna no lo dejó terminar.
—Espere un momento, señor. Solo un segundito —dijo ella.
Y tan pronto como el oficial soltó la manilla de la verja, ella se dio la vuelta y, apresurándose con sus viejas piernas, atravesó el patio trasero rumbo a las dependencias del servicio.
Mientras Mávra Kuzmínichna corría a su habitación, el oficial dio unos pasos por el patio contemplando sus botas gastadas con la cabeza gacha y una leve sonrisa en los labios. > «¡Qué lástima haberme perdido al tío! ¡Qué anciana tan amable! ¿A dónde se habrá ido corriendo? ¿Y cómo voy a encontrar el camino más corto para alcanzar a mi regimiento, que ya debe estar cerca de la puerta de