la medida en que …”
El Emperador lo interrumpió.
“¿A qué hora murió el general Schmidt?”
“A las siete, creo.”
“¿A las siete? ¡Es muy triste, muy triste!”
El Emperador dio las gracias al príncipe Andrés e hizo una reverencia. El príncipe Andrés se retiró y al instante se vio rodeado de cortesanos por todas partes. Por dondequiera que miraba veía rostros am-iables y oía palabras afectuosas. El ayudante de ayer le reprochó que no se hubiera alojado en el palacio y le ofreció su propia casa. El ministro de la Guerra se le acercó y lo felicitó por la cruz de María Teresa de tercera clase, que el Emperador le concedía. El chambelán de la Emperatriz lo invitó a presentarse ante Su Majestad. La archiduquesa también deseaba verle. Él no sabía a quién