su Alteza.
XVII
Kutúzov, como todos los ancianos, no dormía mucho por la noche. A menudo se quedaba dormido de repente durante el día, pero por la noche, acostado en su cama sin desvestirse, por lo general permanecía despierto pensando.
Así pues, yacía ahora en su lecho, sosteniendo su cabeza grande, pesada y cicatrizada sobre su mano regordeta, con el único ojo abierto, meditando y oteando en la oscuridad.
Como Bennigsen, que se carteaba con el emperador y tenía más influencia que nadie en el estado mayor, había empezado a evitarlo, Kutúzov se sentía más tranquilo respecto a la posibilidad de que él y sus tropas se vieran obligados a participar en inútiles movimientos ofensivos. La lección de la batalla de Tarútino y del día anterior a ella, que Kutúzov recordaba con dolor, debía, según pensaba, surtir efecto también en los demás.
“Debemos comprender que solo podemos