con el ardiente deseo de mirar atrás para ver si los franceses venían persiguiéndolos o no, pero sin atreverse a hacerlo.
Al salir al camino, Dólokhov no regresó campo traviesa, sino por el pueblo. En un lugar se detuvo y escuchó.
—¿Oyes? —preguntó.
Petya reconoció el rumor de voces rusas y vio las oscuras siluetas de los prisioneros rusos alrededor de sus hogueras. Al bajar hacia el puente, Petya y Dólokhov pasaron al trote junto al centinela, que daba silenciosas y sombrías zancadas de un extremo a otro, y enseguida descendieron al hondonada donde los cosacos los esperaban.
—Bueno, pues adiós. Dile a Denísov: «al primer disparo, al romper el alba» —dijo Dólokhov y se disponía a alejarse al trote, pero Petya lo agarró del brazo.
—¡De verdad! —exclamó—, ¡eres todo un héroe! Oh, qué noble, qué espléndido. ¡Cómo