únicamente a hacer que este pasara el tiempo agradablemente y olvidara que la guerra era inminente.
En junio, después de muchos bailes y fiestas ofrecidos por los magnates polacos, por los cortesanos y por el propio Emperador, a uno de los edecanes polacos de servicio se le ocurrió que los edecanes debían ofrecer una comida y un baile en honor del Emperador.
Esta idea fue acogida con entusiasmo. El Emperador dio su consentimiento. Los edecanes recaudaron dinero mediante suscripción. Se invitó a actuar como anfitriona a la dama que se consideraba más grata al Emperador. El conde Bennigsen, que era terrateniente en la provincia de Vilna, ofreció su quinta para la fiesta, y se fijó el trece de junio para un baile, una comida, una regata y fuegos artificiales en Zakret, la finca de recreo del conde Bennigsen.
Aquel mismo día en que Napoleón dio la orden de cruzar el Niemen, y su vanguardia, ahuyentando a los cosacos, cruzó la frontera rusa, Alejandro pasó la velada en la fiesta ofrecida por sus ayudantes de campo en la casa de campo de Bennigsen.
Fue una fiesta alegre y brillante. Los entendidos en la materia declaraban que rara vez se habían reunido tantas mujeres hermosas en un solo lugar. La condesa Bezúkhova se encontraba allí, entre otras damas rusas que habían seguido al soberano desde Petersburgo hasta Vílna, y eclipsaba a las refinadas damas polacas con su imponente belleza del llamado tipo ruso. El emperador se fijó en ella y la honró con un baile.
Borís Drubetskóy, que había dejado a su esposa en Moscú y vivía por el momento en garçon (como él decía), se encontraba también allí y, aunque no era ayudante de campo, había aportado una gran suma para los