tácitamente que el interlocutor es el único hombre, aparte de uno mismo, capaz de comprender la necedad del resto de la humanidad y la sensatez y profundidad de las ideas propias.
Durante su larga conversación del miércoles por la noche, Speránski remarcó más de una vez:
“Nosotros consideramos todo lo que está por encima del nivel común de la costumbre arraigada …”
o, con una sonrisa:
“Pero queremos que los lobos estén hartos y las ovejas a salvo …”
o:
“Ellos no pueden entender esto …”
y todo de un modo que parecía decir:
“Nosotros, usted y yo, sabemos lo que ellos son y quiénes somos nosotros”.
Esta primera larga conversación con Speránski no hizo más que fortalecer en el príncipe Andréi el sentimiento que había experimentado hacia él en su primer encuentro. Veía en él a un hombre notable, de