ni evitar el curso general de los acontecimientos, por lo que es mejor apartar la vista de lo doloroso hasta que llegue y pensar en cosas agradables. En la soledad, el hombre suele escuchar la primera voz; en sociedad, la segunda. Así les ocurrió ahora a los habitantes de Moscú. Hacía tiempo que la gente no estaba tan alegre en Moscú como
Las gacetillas de Rostopchín, encabezadas por grabados en madera de una taberna, un tabernero y un burgués de Moscú llamado Karpushka Chigirin —quién, «habiendo sido miliciano y habiendo bebido de más en el figón, se enteró de que Napoleón quería venir a Moscú, se enojó, insultó a los franceses con groserías, salió de la taberna y, bajo el letrero del águila, comenzó a dirigirse al pueblo reunido»—, eran leídas y comentadas, junto con los últimos bouts rimés de Vasili Lvóvich Pushkin.
En la sala del rincón del Club, los socios se reunían para leer estas hojas volantes, y a algunos les gustaba el modo en que Karpushka se burlaba de los franceses, diciendo: > « Se hincharán de col rusa, reventarán con nuestras gachas de alforfón y se ahogarán con la sopa de col. Todos ellos son unos enanos y una sola campesina los lanzará de tres en tres con la horca ». A otros no les gustaba ese tono y decían que era estúpido y vulgar. Se decía que Rostopchín había expulsado a todos los franceses y aun a todos los extranjeros de Moscú, y que entre ellos había algunos espías y agentes de Napoleón; pero esto se contaba principalmente para introducir la ingeniosa ocurrencia de Rostopchín en aquella ocasión. Los extranjeros fueron deportados a Nizhni en barca,