—dijo el zar con otra mirada al emperador Francisco, como invitándolo, si no a sumarse, al menos a escuchar lo que decía. Pero el emperador Francisco seguía mirando a su alrededor y no escuchaba.
—Por eso mismo no empiezo, sire —dijo Kutúzov con voz resonante, al parecer para excluir la posibilidad de no ser oído, y de nuevo algo se contrajo en su rostro—: Por eso mismo no empiezo, sire, porque no estamos en un desfile ni en el Campo de la Emperatriz —dijo clara y distintamente.
En las habitaciones del Emperador todos intercambiaron rápidas miradas que expresaban descontento y reproche.
«Por viejo que sea, no debería, desde luego que no debería hablar así», parecían decir sus miradas.
El zar miró fija y atentamente a los ojos de Kutúzov, esperando oír si este diría algo más. Pero Kutúzov, con la cabeza