y menos aún por la de él, ni siquiera a esa especie de tierna amistad romántica y consciente de sí misma entre un hombre y una mujer de la que ella había conocido varios ejemplos.
Antes de terminar el ayuno de san Pedro, Agramfena Ivánovna Belova, una vecina terrateniente de los Rostov, vino a Moscú para rendir devoción en los santuarios de los santos moscovitas.
Le propuso a Natasha que ayunara y se preparara para la sagrada comunión, y Natasha acogió la idea con alegría.
A pesar de las órdenes del médico de que no debía salir temprano por la mañana, Natasha insistió en ayunar y prepararse para el sacramento, no como se solía hacer en la familia Rostov asistiendo a tres servicios en su propia casa, sino como lo hacía Agramfena Ivánovna, yendo a la iglesia todos los días durante una semana y sin perderse ni una sola vez las vísperas, los maitines o la misa.
A la condesa le agradaba el celo de Natasha; tras los pobres resultados del tratamiento médico, en lo más hondo de su corazón esperaba que la oración pudiera ayudar a su hija más que las medicinas y, aunque no sin temor y ocultándoselo al médico, accedió al deseo de Natasha y se la encomendó a Belova. Ágrafena Ivánovna solía ir a despertar a Natasha a las tres de la mañana, pero por lo general ya la encontraba despierta. A Natasha le daba miedo llegar tarde a los maitenes. Lavándose apresuradamente y poniéndose con sumisión su vestido más ajado y una vieja mantilla, tiritando por el fresco del aire, salía a las calles desiertas iluminadas por la clara luz del alba. Siguiendo el consejo de Ágrafena Ivánovna, Natasha se preparó no en su propia parroquia, sino