con los pensamientos que ahora lo ocupaban, le daba igual quedarse allí unas horas o el resto de su vida.
El administrador de correos, su esposa, el ayuda de cámara y una campesina que vendía bordados de Torzhók entraron en la habitación ofreciendo sus servicios. Sin cambiar su actitud descuidada, Pierre los miró por encima de sus gafas, incapaz de comprender qué querían o cómo podían seguir viviendo sin haber resuelto los problemas que tanto lo absorbían. Llevaba entregado a los mismos pensamientos desde el día en que regresó de Sokólniki tras el duelo y había pasado aquella primera noche angustiosa e insomne. Pero ahora, en la soledad del viaje, lo apresaban con especial fuerza. No importaba en qué pensara, siempre volvía a estas mismas preguntas que no podía resolver y, sin embargo, no podía dejar de hacerse. Era como