y la posición de nuestras tropas le eran conocidos hasta el punto en que podían serlo para cualquiera en nuestro ejército. Su propio plan estratégico, que evidentemente ya no podía llevarse a cabo, había quedado en el olvido. Ahora, adentrándose en el plan de Weyrother, el príncipe Andréi sopesaba las posibles eventualidades y concebía nuevos proyectos de esos que podían requerir de su rapidez de percepción y decisión.
A la izquierda, abajo en la bruma, se oía el fuego de fusilería de fuerzas invisibles. Allí era donde el príncipe Andréi pensaba que se concentraría el combate.
«Allí nos encontraremos con dificultades, y allí —pensó—, me enviarán con una brigada o una división, y allí, con la bandera en la mano, marcharé hacia adelante y romperé lo que sea que tenga enfrente».
No podía mirar con calma las banderas de los batallones que desfilaban. Al verlas, no dejaba de pensar: «Esa bien puede ser la bandera con la que yo mande al ejército».
Por la mañana, de toda la neblina nocturna en las alturas solo quedaba una escarcha blanca que ya se convertía en rocío, pero en los valles aún yacía como un mar blanco como la leche. Nada era visible en el valle de la izquierda, donde nuestras tropas habían descendido y de donde provenían los sonidos de disparos. Sobre las alturas se encontraba el cielo oscuro y despejado, y a la derecha, el vasto orbe del sol. Al frente, a lo lejos, en la otra orilla de aquel mar de niebla, se distinguían unas colinas boscosas, y era allí donde probablemente se encontraba el enemigo, pues algo se podía divisar. A la derecha, la Guardia entraba en la región brumosa con