temblándole involuntariamente, echó demasiadas gotas en el vaso. Tiró la mezcla al suelo y pidió más agua. La criada se la trajo.
Había en la habitación una cuna de niño, dos baúles, dos sillones, una mesa, una mesa infantil y la sillita en la que estaba sentado el príncipe Andréy.
Las cortinas estaban corridas y sobre la mesa ardía una sola vela, resguardada por un libro de música encuadernado para que la luz no diera en la cuna.
—Querido —dijo la princesa María, dirigiéndose a su hermano desde el lado de la cuna en la que estaba de pie—, es mejor esperar un poco… más tarde…
—¡Oh, déjalo ya, siempre dices tonterías y andas postergando las cosas, y esto es lo que pasa por eso! —dijo el príncipe Andréy en un susurro exasperado, con la evidente intención de ofender a