un cuaderno azul de cuadrícula lleno con su letra firme y decidida.
—¿Un diario? —repitió Nikoláy con un matiz de ironía, y cogió el libro.
Estaba en francés.
4 de diciembre. Hoy, cuando se despertó Andrúsha (su hijo mayor), no quiso vestirse y la señorita Louise mandó a buscarme. Estaba travieso y testarudo. Intenté con amenazas, pero solo se puso más furioso. Entonces tomé cartas en el asunto: lo dejé solo y comencé, con la ayuda de la niñera, a levantar a los otros niños, diciéndole que no lo quería. Durante un largo rato estuvo callado, como atónito, luego saltó de la cama, corrió hacia mí en camisa y sollozó de tal manera que no pude calmarlo durante mucho tiempo. Era evidente que lo que más le afligía era haberme entristecido. Después, por la noche, cuando le di su boleto, comenzó a llorar