concebible.
Para comprender, observar y sacar conclusiones, el hombre debe ante todo tener conciencia de sí mismo como un ser viviente. El hombre solo tiene conciencia de sí mismo como ser viviente por el hecho de que quiere, es decir, de que es consciente de su voluntad. Pero su voluntad —que constituye la esencia de su vida— el hombre la reconoce (y no puede menos que reconocerla) como libre.
Si, al observarse a sí mismo, el hombre ve que su voluntad está siempre dirigida por una y la misma ley (ya sea que observe la necesidad de tomar alimento, de usar su cerebro o cualquier otra cosa), no puede reconocer esta dirección invariable de su voluntad de otro modo que como una limitación de la misma. Si no fuera libre, no podría ser limitada. La voluntad de un hombre le parece limitada precisamente porque no