de personas lo recibieron con emoción y entusiasmo.
El ejército se movía de oeste a este, y postas de seis caballos lo transportaban en la misma dirección. El diez de junio, al alcanzar al ejército, pasó la noche en los aposentos preparados para él en la finca de un conde polaco en el bosque de Vilkavisski.
Al día siguiente, alcanzando al ejército, fue en coche hasta el Niemen y, poniéndose un uniforme polaco, se dirigió a la orilla del río para elegir un lugar para el cruce.
Al ver, al otro lado, a algunos cosacos (les Cosaques) y las extensas estepas en medio de las cuales se encontraba la santa ciudad de Moscú (Moscou, la ville sainte), la capital de un reino semejante a la Escitia hacia la que había marchado Alejandro Magno, Napoleón, de manera inesperada y en contra tanto de las consideraciones estratégicas como diplomáticas, ordenó el avance, y al día siguiente su ejército comenzó a cruzar el Niemen.
Temprano por la mañana del doce de junio salió de su tienda, plantada aquel día en la empinada orilla izquierda del Niemen, y miró con un catalejo los torrentes de sus tropas que brotaban del bosque de Vilkavisski y fluían sobre los tres puentes arrojados al otro lado del río.
Las tropas, sabedoras de la presencia del Emperador, lo buscaban con la mirada, y al avistar una figura con capote y sombrero bicornio, apartada de su séquito frente a su tienda en la colina, lanzaron sus gorros al aire y gritaron: «¡Vive l’Empereur!»; y, uno tras otro, brotaban en un caudal incesante del vasto bosque que los había ocultado y, dividiéndose, seguían fluyendo una y otra vez por los tres puentes hacia la otra orilla.
—Ahora