pasar ante un espejo, se miró en él. «¡Vaya, esa soy yo!», parecía decir la expresión de su rostro al verse. «¡Y vaya que estás mona! No necesito a nadie».
Un lacayo quiso entrar para retirar algo de la habitación, pero ella no se lo permitió y, tras cerrarle la puerta en las narices, continuó su paseo. Aquella mañana había vuelto a su estado de ánimo favorito: el amor y el deleite por sí misma.
«¡Qué encantadora es esa Natásha! —se repitió, hablando como una tercera persona masculina y colectiva—. Bonita, buena voz, joven y sin molestar a nadie, con tal de que la dejen en paz».
Pero por mucho que la dejaran en paz, ahora ya no podía estar tranquila, y enseguida se dio cuenta de ello.
En el zaguán se abrió la puerta del portal y alguien preguntó: «¿Está en