cuyo estado de inconquistable y aniñado apocamiento, que ahora se tornaba en ira, no se dignó notar, y dijo: > —Creo que estabais hablando del asunto de Schön Grabern. ¿Estuvisteis
—Yo estuve allí —dijo Rostóv con enojo, como si tuviera la intención de ofender al ayudante de campo.
Bolkonski advirtió el estado de ánimo del húsar, y aquello le divirtió. Con una sonrisa levemente desdeñosa, dijo: —¡Sí, ahora se cuentan muchas historias sobre ese asunto!
“¡Sí, historias!”, repitió Rostóv en voz alta, mirando con unos ojos que de repente se habían vuelto furiosos, ora a Borís, ora a Bolkónski. “¡Sí, muchas historias! ¡Pero nuestras historias son las historias de los hombres que han estado bajo el fuego enemigo! ¡Nuestras historias tienen cierto peso, no como las historias de esos tipos del estado mayor que obtienen recompensas sin hacer nada!”
—¿De quién