aquellos que libraron los combates reales.
La causa de la destrucción del ejército francés en 1812 nos resulta evidente hoy en día. Nadie negará que dicha causa fue, por un lado, su avance hacia las entrañas de Rusia al atardecer de la estación y sin ninguna preparación para una campaña invernal y, por el otro, el carácter que adquirió la guerra con la quema de las ciudades rusas y el odio hacia el enemigo que esto despertó en el pueblo ruso. Pero en aquel momento nadie previó (lo que ahora parece tan evidente) que esta era la única manera en que un ejército de ochocientos mil hombres —el mejor del mundo y dirigido por el mejor general— podía ser destruido en un enfrentamiento contra un ejército novato que equivalía a la mitad de su tamaño y estaba comandado por líderes inexpertos, como lo era el ejército ruso. No solo nadie lo vio, sino que por la parte rusa se hizo todo lo posible por obstaculizar lo único que podía salvar a Rusia, mientras que por la parte francesa, a pesar de la experiencia de Napoleón y de su autodenominado genio militar, todos los esfuerzos se centraron en avanzar hacia Moscú al final del verano, es decir, en hacer precisamente aquello que conducía de manera inevitable a la destrucción.
En las obras históricas sobre el año 1812, a los escritores franceses les gusta mucho decir que Napoleón sentía el peligro de extender su línea, que buscaba una batalla y que sus mariscales le aconsejaron detenerse en Smolensk, así como hacer declaraciones similares para demostrar que el peligro de la campaña ya entonces se comprendía. A los autores rusos les gusta todavía más decirnos