la llenaba de terror. La pequeña princesa y mademoiselle Bourienne ya habían recibido de Másha, la doncella, el informe necesario sobre lo apuesto que era el hijo del ministro, con sus mejillas rosadas y cejas oscuras, y con cuánta dificultad el padre había arrastrado las piernas escaleras arriba, mientras el hijo lo había seguido como un águila, de tres en tres escalones. Al recibir esta información, la pequeña princesa y mademoiselle Bourienne, cuyas voces parlanchinas le habían llegado desde el corredor, entraron en la habitación de la princesa Márya.
—¿Sabes que han venido, Marie? —dijo la princesita, entrando con paso anadeante y hundiéndose pesadamente en un sillón.
Ya no llevaba el vestido holgado que solía ponerse por la mañana, sino uno de sus mejores trajes. Su cabello estaba cuidadosamente arreglado y su rostro mostraba animación, lo cual, sin embargo, no