pareja se extendía y parecía destellar al girar. Natásha los miró y estuvo a punto de llorar porque no era ella quien bailaba ese primer turno del vals.
El príncipe Andréi, con el uniforme blanco de coronel de caballería, medias y zapatos de baile, estaba de pie, con expresión animada y radiante, en la primera fila del círculo, no lejos de los Rostov.
El barón Firhoff le hablaba sobre la primera sesión del Consejo de Estado que se celebraría al día siguiente. El príncipe Andréi, por estar estrechamente vinculado a Speranski y participar en los trabajos de la comisión legislativa, podía dar información fidedigna sobre dicha sesión, acerca de la cual corrían diversos rumores.
Pero, sin escuchar lo que Firhoff le decía, miraba ora al soberano, ora a los hombres dispuestos a bailar que aún no se atrevían a entrar en el círculo.
El príncipe Andréy observaba a aquellos hombres abrumados por la presencia del emperador y a las mujeres que deseaban con el aliento contenido que las sacaran a bailar.
Pierre se acercó a él y lo cogió del brazo.
—Usted siempre baila. Tengo aquí a una protegida, la joven Rostóva. Pídeselo a ella —dijo.
—¿Dónde está? —preguntó Bolkónski—. ¡Discúlpeme! —añadió, volviéndose hacia el barón—, terminaremos esta conversación en otra parte; en un baile hay que bailar.
Dio un paso al frente en la dirección que Pierre le indicó. La expresión desesperada y abatida del rostro de Natasha le llamó la atención. La reconoció, adivinó sus sentimientos, vio que era su debut, recordó su conversación junto a la ventana y, con una expresión de complacencia en el rostro, se acercó a la condesa Rostova.
—Permítame que le presente a mi hija —dijo