podía verse el campo de batalla.
Eran cerca de las once. El sol brillaba un poco a su izquierda y detrás de él, iluminando intensamente el enorme panorama que, elevándose como un anfiteatro, se extendía ante él en la atmósfera clara y enrarecida.
Desde arriba, a la izquierda, cortando aquel anfiteatro por la mitad, serpenteaba el camino real de Smolensko, que pasaba por un pueblo con una iglesia blanca situado a unos quinientos pasos frente a la colina y más abajo. Era Borodinó.
Debajo del pueblo, la carretera cruzaba el río por un puente y, serpenteando hacia abajo y hacia arriba, ascendía cada vez más hasta el pueblo de Valúevo, visible a unas cuatro millas de distancia, donde se hallaba entonces estacionado Napoleón. Más allá de Valúevo, el camino desaparecía en un bosque amarillento en el horizonte.
A lo lejos, en aquel bosque de abedules y abetos a la derecha del camino, la cruz y el campanario del monasterio de Kolochá brillaban bajo el sol. Aquí y allá, en toda aquella extensión azulada, a la derecha y a la izquierda del bosque y de la carretera, se veían hogueras humeantes y masas indefinidas de tropas, tanto nuestras como del enemigo.
El terreno a la derecha —a lo largo del curso de los ríos Kolochá y Moscova— era accidentado y montañoso. Entre las hondonadas se divisaban a lo lejos los pueblos de Bezúbova y Zakhárino.
A la izquierda el terreno era más llano; había campos de cereales y se veían las ruinas humeantes de Semënovsk, que había sido incendiado.
Todo cuanto Pierre vio era tan impreciso que ni el flanco izquierdo ni el derecho del campo satisficieron del todo sus expectativas. En ninguna