no querer arrastrarse ante nadie ni ser el lacayo de nadie; ¡pero yo, que no tengo más que mi inteligencia, tengo que hacerme una carrera y no debo dejar pasar las oportunidades, sino aprovecharlas!», reflexionó.
No encontró al príncipe Andréy en Olomouc aquel día, pero el aspecto de la ciudad, donde se encontraban el cuartel general y el cuerpo diplomático, y residían los dos emperadores con sus séquitos, casas y cortes, no hizo sino fortalecer su deseo de pertenecer a aquel mundo superior.
No conocía a nadie y, a pesar de su elegante uniforme de guardia, todos aquellos encumbrados personajes que pasaban por las calles en sus elegantes carruajes con sus penachos, cintas y medallas, tanto cortesanos como militares, le parecían tan inmensamente superiores a él, un insignificante oficial de la guardia, que no solo no deseaban, sino que simplemente no podían ser conscientes de su existencia.
En el cuartel general del comandante en jefe, Kutúzov, donde preguntó por Bolkónski, todos los ayudantes e incluso los ordenanzas lo miraron como si quisieran hacerle entender que por allí siempre pasaban muchísimos oficiales como él y que todo el mundo estaba harto de ellos.
A pesar de esto, o más bien a causa de ello, al día siguiente, 15 de noviembre, después de comer, fue de nuevo a Olmütz y, al entrar en la casa ocupada por Kutúzov, preguntó por Bolkónski.
El príncipe Andréy estaba dentro y a Borís lo hicieron pasar a un gran salón que probablemente antes se usaba para bailar, pero en el que ahora había cinco camas y muebles de diversa clase: una mesa, sillas y un clavicordio. Un ayudante de campo, el más cercano a la puerta, estaba sentado